miércoles

El día que volví a encontrarme con ella fue el peor día de mi vida. Todos aquellos pensamientos giraban alrededor de mi cabeza, despuntando en mi lengua en un ¿estará bien o...estará mal?

No me acerqué a ella, pero me esforcé en pensar en todos los buenos momentos, todas las risas, los llantos, todo lo que hubo y había valido la pena… y no lo encontré. Bueno, miento. Lo encontré. Hecho pedazos. Destrozado. Ruinoso. Hambriento. Justo como ella lo dejó.

Así la volví a mirar. En ese instante cambié de ojos; y dolió. En primer lugar, porque algo muy grande y pesado cayó en ese momento y creedme cuando os digo que en todo mi ser retumbó el golpe. En segundo lugar, porque algo en mí se dio cuenta -por fin- de lo irrecuperable de la situación y fue duro, sí, porque hasta hacía dos días me había levantado cada mañana con la mínima, estúpida y molesta esperanza de que todo volviera a uno de esos puntos de la vida que guardamos en nuestra memoria intocables para cuando tengamos que curarnos. Y en tercer lugar porque noté que toda la necesidad se había esfumado y que ya no tenía sed de ella, que yo era yo -un yo mejor, quién sabe-.
Pasé por su lado sin pronunciar ni una sola palabra, con la cabeza bien alta. Seguí todas y cada una de las instrucciones de esos tontos manuales para gentes solitarias como yo. Al pasar sentí un vacío inmenso que hizo querer salir corriendo, cogerla del brazo y gritarle que no me había querido pero yo sí, y que me había roto pero que la echaba de menos, muchísimo, que me ahogaba por dentro, que quería que volviera a mi vida, que respirara mi aliento de nuevo, que no estaba hablando de amor sino de algo más grande, más hermoso, más valiente… pero que al mismo tiempo también la odiaba con todo mi corazón por haberme abandonado y que nunca la perdonaría… En fin, podéis imaginaros.


Pero no lo hice. Puse un pie delante de otro y desaparecí esquina a la derecha con ese enorme vacío que ya no era tan grande, con la sensación de las cosas bien hechas, de que la quería… pero, en fin, me quería más a mí. 

1 comentario:

La vida Bohemia dijo...

Dicen que lo último que se pierde es la esperanza.
Yo digo que es el amor propio.