Mostrando entradas con la etiqueta de tal y cual y nada de nada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta de tal y cual y nada de nada. Mostrar todas las entradas

domingo

No sé cuanto tiempo durará esta angustia.
Estoy suspendida sobre el filo de la cama; no puedo moverme.
No recuerdo si lo he intentado. 
Mi memoria se diluye entre el ayer y el mañana
y yo sólo puedo pensar
qué será, qué será, qué será.
Como si la vida fuera algo que pudiera atrapar entre mis dedos.

sábado

El amor es una putada. Nos empeñamos en querer a personas que no nos quieren y en amar a otras que, luego, nos abandonan. O que nosotros abandonamos.
Recorremos grandes caminos por ellos, nos ilusionamos, damos y a veces recibimos. Tapamos sus miedos con los nuestros y ellos cubren nuestros errores con caricias.
El amor es buscar un compañero que nos complemente mientras tratamos de completarnos a nosotros mismos. El amor es una putada porque el proceso de vernos es infinito y a veces ni siquiera ocurre.
Yo creo que hemos llorado más por amor que por ninguna otra cosa y aún hoy no sé distinguir si eso es bueno o es malo.
Quiero decir que el amor es una putada, de las grandes, de las que nunca olvides porque siempre las llevas a cuestas y maldito el peso ¡joder! y las despedidas... Pero hay algo inexplicable en su funcionamiento que nos invita a aferrarnos a sus labios como tontos. Y cuando abrimos los ojos estamos en el mismo sitio del que nos marchamos, sin importar la caída.
El amor es una putada y una caída, y un ataque de risa y una palabra en el momento justo y una sonrisa y dolor y lágrimas y despedidas.
El problema del amor, sin duda, es lo frágiles que nos sentimos cuando nos aman - a ciencia cierta no sabría decir cuál de los dos casos es el peor, si el amor o el desamor. Cuando, sin darnos cuenta, hemos entregado más de lo debido y miramos expectantes las manos del otro, intentando deducir cuánto daño nos hará.
A veces, lo jodido del amor es que no es una elección, que no existen momentos adecuados en los que dar o recibir, porque simplemente ocurre.

domingo

A ti me doy
para que si puedes, 
me cures.
Y tomes mi aliento
y crees un ser semejante a ti.

A ti me doy
como mi única opción,
como mi única cura.
Para que me expliques las razones de mi maldita existencia
y tomes el vacío de mi piel
y lo viertas...
Para que me sepas viento,
alimento,
o almohada
y yo tenga un rumbo por el cual seguir. 

viernes

A veces no creemos en nosotros mismos. Nos levantamos, nos ponemos las zapatillas -aunque hay algunos que siempre vamos descalzos-, desayunamos. Tomamos la rutina cada día sin creer que algo bueno puede pasar. Cuántas veces me habré despertado sin creer que ese día, justo ese, y justo porque yo lo estaba pensando, iba a pasar algo bueno. Pero entonces llega alguien que nos dice que creamos. Y hablamos, y reímos y juntos reafirmamos nuestra idea de que el mundo es una mierda y que nos van a hacer tanto daño... Y que dejarán de haber cosas bonitas, y que la gente dejará de pensar y de plantearse y de decirse te quiero o buenos días. Y nosotros lo pensamos y asentimos con la cabeza. Y sabemos que somos iguales. Nos levantamos y nos ponemos las zapatillas, aunque algunos siempre vayamos descalzos. Cogemos nuestra rutina sin pensar que algo bueno puede pasar justo ese día. Pero entonces llega una persona y nos hace creer que somos diferentes. Y nos llamamos especiales y nos enamoramos y reímos y juntos reafirmamos en nuestra estúpida idea de que el mundo ahora es un lugar mejor. Porque estamos juntos y ya no tenemos que coger la rutina. Porque te despiertas conmigo, abres los ojos y dices hoy va a ser un gran día. Y yo, joder, te creo.

domingo


Te estoy mirando por una rendija muy pequeñita, que ni siquiera yo sé dónde se encuentra. Pero te veo tumbada en la cama, haciéndote el amor mientras cada poro de tu piel se eriza -y excita- contigo, y se arquea tu movimiento. Mientras tus largas manos, tus níveos brazos, resbalan, sin cuidado, por tu cintura y tu cadera.
Como entreabres tu boca imposible mientras te buscas. Como encuentran mis ojos tus gemidos cuando exploras en el fondo de ti y te derramas por cada centímetro de la cama, y por el suelo y te deslizas por las ventanas.
Veo como sin tregua teme el eco tu voz, mientras tú te hundes en una pasión que solo habla de eso. Mientras con las ganas, con mi mirada, el mundo se va haciendo cada vez más pequeño y adquiere el insólito diámetro del amor perverso.
Y al tiempo que tú perviertes tu voz y tus entrañas, tu mirada, mi mirada, mientra perviertes las ganas, el eco, el amor, la pasión; mientras mancillas las reglas, yo, que estoy sentada, desenredo las piernas y temiéndote me quito el sombrero y me muerdo los labios. Porque ya no eres el objeto pasivo de mi deseo, sino una rendija muy pequeñita que ni siquiera sé dónde se encuentra, pero que veo, y que me gusta, que tiene mi propio cuerpo, que son mis propios brazos.
Gozas de mi mismo nombre, y por lo tanto has dejado de ser un reflejo de la habitación vacía, donde ni siquiera los mueblen amortiguan el ruido.
¡Estoy enfadada con el mundo, ¿¡qué pasa!? Pongo de manifiesto aquí y ahora que soy YO quien se encuentra escribiendo y nadie más.
 Pero qué sabrás tú. Para cuando leas esto será ya demasiado tarde, o demasiado temprano, y no querré ninguna de esas dos cosas. Qué sabrás tú... que todavía quemas...
¡Y qué cojones, claro que estoy enfadada! Estoy aquí... sola... Sin saber exactamente dónde es aquí... Sin saber exactamente qué hora es... Qué hacer...
Pero tú... tú estarás en la calle, o paseando, durmiendo, duchándote, peleándote con alguna cosa que crees importante y que n-o l-o e-s. Yo estoy aquí, ¿me escuchas? Aquí, donde puedes encontrarme. ¿Dónde estás tú?


Esto pertenece a: Que te den. Con ganas. Y que te guste.

jueves

No me apetece estar fuera.
No me apetece mojarme.
Creo que ya te he esperado demasiado,
aunque no supiera que significaba realmente.

Todo esto parece una mala traducción 
de esas canciones en inglés que siempre escuchas,
que tanto te gustan.

No me apetece aparecer, 
pare que cuando despiertes digas basta, 
y tenga que volver a irme.
Deba irme.

Así que no me voy a mojar nunca más, 
pues fuera hace frío.
Fuera de ti.

Así que voy a cerrar los ojos un segundo.
Pues fuera hace frío.
Fuera de ti.

Todo esto parece una mala traducción 
de esas canciones en inglés que siempre escuchas,
que tanto te gustan.

Pero a mí no me oyes.
Y fuera llueve y hace frío.
Fuera de ti.

lunes

No, espera, espera un segundo. Solo deseo retenerte un segundo más, aunque incluso el empleo de esa palabra es incorrecto y sería más justo decir que tu misma te retienes, pues plantas los pies en el suelo, los afirmas, y esperas pacientemente y me escuchas. Así pues, deja que extienda la mano y coja ese segundo que has decidido ya que es mio y me explique, pues tengo algo muy importante que anunciarte. Y es que hemos olvidado recodar por qué recordábamos ¿no es increíble? ¡Y pensar que lo sabíamos! Pero se nos ha escapado. Y nadie se ha dado cuenta. Por lo tanto, ¿lo sabíamos? ¡Hubiera dejado un vacío y eso nos habría llevado a sentirnos extraños, faltos de algo! Pero yo no he sentido nada hasta ahora ¿y tú? Sé que te duele el pecho, porque ahora me miras sopesando si estoy loco y eso esconde que tú también te has dado cuenta y no lo sientes.
Ojalá nunca me hubieras dado ese segundo que con tanta ansia te pedí, pues ahora mirarás los objetos de otra forma. El ángulo ya no será el mismo, pero no me malinterpretes, tampoco erróneo. Llegarás a casa y cogerás aquello que tanto quieres, y en el mejor de los casos te preguntarás: ¿por qué? Y si tu vida vuelve a discurrir al mismo paso, entonces... entonces yo tenía razón, y también estamos ciegos.

martes

- Tengo 80 años. ¡80! Y por fin me he librado de él.
- No diga eso,  doña María. Que yo veía por el patio de la casa como le echaba un ojo mientras le tejía a Rosita.
- No me malinterprete, si yo a Carlitos lo he querido mucho, pero mucho; a los hijos hay que quererlos. Pero lo que nace podrido nace podrido y punto. ¿Y qué podía hacer yo más que rezar? Ya se lo digo yo a usted. Nada, no se podía hacer nada. 
- No exagere, que se le notaba a usted que era su ojito derecho. 
- Carlos era mi hijo mayor, que en paz descanse. Tenía 45 años cuando ese bendito camión se lo llevó por delante y lo arrancó de la vida; y por algo digo yo que pasó ¿no cree usted? Que mi hijo se dio a la mala vida nada más nacer. Los pezones me los dejó así, como melones, de tanto chupar y tirar, el muy cabrón.  Para cuando nació Rosita los tenía en carne viva. Pero tiene usted razón, yo lo quería, porque a los hijos hay que quererlos, que son un regalo de Dios. Lo que pasa que a este le picó un mal bicho ¿sabe? Como se lo digo. Pero yo quererlo lo queria, a mi niño. 
- Diga usted que sí, doña Maria. Y él también a usted, que para eso era su hijo y lo llevó en sus entrañas durante nueve meses.
- ¡Já! Y mire usted como me salió... 
- Era el primero. ¡Anda que no se tiene mala pata con el primero! Mi Ramón me tuvo loca, madre santa. Se me agrió la leche y todo.
- Pero era mi niño...
- Claro que lo era, doña Maria..
- Aunque no me cuidó nada ¿sabe? Nada. Se fue como si tuviera un cohete en el culo del pueblo y no dijo nada. ¡Estuve 10 años sin saber nada de él! Y cuando volvió lo metieron preso al muy cabrón. Pero yo lo queria, tiene usted razón... Una madre no debe sobrevivir a sus hijos.
Y el lobo bostezó

sábado

Era como un punto a la deriva. Repiqueteaba en mi puerta y me llamaba para que le dijera algo bonito porque él pensaba que ya era hora. A mí solo me salían cosas raras, que no acababan, que no empezaban, que no tenían medio. 
Yo me preguntaba si esa palabra existía. El corrector me la marcaba en rojo con líneas como dientes, que agujereaban mi ego. Subían y bajaban diminutas ellas, y a cada palabra a mí me costaba avanzar. 
Lo leía todo una y otra vez. Desconozco el motivo. Pero sé que cuando veía el cuadro blanco, me daba vértigo y tendía con obsesión prematura a decorarlo con esas frases que no te dicen nada ni siquiera entre líneas. No me preocupaba que sonara bien. No me preocupaba su extensión. No me preocupaba cuánto espacio tenía realmente ese cuadro, pues su blanco, y por tanto su silencio, era absurdamente extenso. 
Dos palabras tenían colmillos. Me imaginé como mi ego se desinflaba como un globo, del todo por fin, y le decía a mi autoestima que ella era  la siguiente.
De un balazo apunté a mi musa, me dije. En ese momento pensé muchas tonterías. Como por qué seguía teniendo colmillos aquel maldito vocablo.
 Retomé la filosofía de las palabras, y volví a pensar si las desconocía. 

martes

Hace tiempo escribí:

Tienes agallas, Ana, pero las tienes muy adentro, donde solo los genios saben mirar.

miércoles

Yo le decía te quiero por encima del sonido del mundo, por encima del estruendo y el humo de las bombas al implosionar todavía en el cielo, por el encima de la guerra, del propio Amor.
Yo le escribía te quiero, y Amor siempre iba en mayúscula cuando me dolía el cuerpo de tanto quererla.
Yo relegaba te quiero al nivel que existe entre mi zapatilla y el suelo cuando el vacío se llenaba y ni siquiera te amo podía contenerlo.
Yo me quedaba quieto y la esperaba todas las mañanas cuando el Sol abría los ojos, y la acompañé cuando su duodécima arruga nació y tuvo la crisis de los 40, de los 50, y ahora que tenemos 80 yo le sigo diciendo te quiero por encima del sonido del mundo, pero ahora mucho más bajito, para que no se me escape la voz.

viernes

Todas las voces se escurrieron traviesas hacia el mismo punto, todas las riñas, los defectos, las ganas y el Amor partieron desde la zurda del pecho, recorrieron venas y se colaron por los poros de mi piel -un poco mustia- y por mis lágrimas -un poco tristes- convertidas ahora en la impotencia de no poder sanarte -aun siendo la única que puede hacerlo- porque yo y solo yo, te disparé mi rabia al corazón... y tú... tú lloraste...

sábado