Mostrando entradas con la etiqueta de Cuentos del Cielo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta de Cuentos del Cielo. Mostrar todas las entradas

viernes

-          ¿Dejas que se vaya?- preguntó al rato Uri.
-          Sí.
-          ¿En serio?
-          ¿Qué tienes que decirme tú, Uri? Precisamente tú. Mírate. Eres el más perdido aquí, así que no me vengas con grandes lecciones porque no sabes nada de mí, ¿entiendes? Nada. Y aunque lo supieras… oh, aunque lo supieras estarías muy equivocado. ¿Y sabes por qué? Porque no has pasado por lo que yo he pasado, no has visto las cosas que yo he visto, no has sentido lo que yo sentí. Y no tienes ningún derecho a venir a decirme…bueno, lo que tuvieras que decirme.

Uri la miró. Observó sus puños cerrados y su cuerpo en tensión ligeramente echado hacia delante, a la defensiva, quizás preparado para huir. Vio la profunda rabia que emanaba de todo su cuerpo y no pudo sentirse dolido por aquellas palabras tan crueles, sino que se sintió ajeno y vacío, un satélite en medio de dos planetas en conflicto, girando sin propia voluntad.

-          Déjame que te diga una cosa, Alice- pero se armó del valor que hacía mucho que no sentía, se sacó las manos de los bolsillos y se acercó a Alice. Más, más, más. Hasta que la chica gato echó el cuerpo para atrás y lo miró y no supo reconocerlo. Porque él ya no era el mismo.- Eres tan estúpida…

       Uri no echó la mirada hacia atrás antes de marcharse, pero Alice sintió como si mil cuchillos ardientes hubieran atravesado su vacío corazón cuando él se fue sin terminar, porque simplemente no había valido la pena decirle nada. Se dejó caer, agarró la hierba con las manos y la arrancó mientras lloraba de rabia y de pena. 

(fragmento)

lunes

Soy un pirata. Me hice pirata para huirte, pero ahora lo veo como un error muy tonto.
Para navegar entre tu pelo cuando estuvieras recostada sobre mí, porque en algún momento pactamos que yo llevaría el peso de tus manías, y tú, en fin, el de mis defectos -porque no existen los pactos equitativos-.
Para tripular la poesía que te juro que tengo incrustada en la boca, que no sé escribirte, pero que a veces, con la lengua, asfixias y sacas.
Me hice pirata para abordar toda tu vida porque no sabía como llegar a tocarte. Y ahora lo veo como un error muy tonto. Ahora que me paso noches en vela bebiendo la sal de tu cuerpo, del hueco de tu clavícula, o en los recovecos en tu espalda. ¡Y solo para que me beses los labios agrietados! No quiero pedirte un beso que sería menos beso si no te lo robase con un poquito de trampas.
 Porque soy pirata, porque me hice pirata por ti, qué coño. Porque te gustaba ser mi corsaria y a mi el pasajero de tus conflictos. Porque desde hace una hora, diez minutos y veinticinco segundos que no duermo ahora que te he conocido, que te he visto, que te he perseguido con la puta mirada de jodido acosador, y sé -porque soy pirata- que te quiero.

jueves

- Hey, ¿adónde vas?
Saliamos de las Tres Damas.
- No es de tu incumbencia.
. Nunca te quedas...
Miré a Uri. Le llamaban el Rubio porque tenía el pelo tan blanco como la luz. Su cabello semi largo perpetuamente recogido en una coleta enana en la nuca era del color de la ausencia de colores y su piel morena, y sus manos fuertes y todo su cuerpo que no parecía estar hecho para su cuerpo, pues tenía unos músculo demasiado grandes para aquel cuerpo menudo y un pelo demasiado blanco para su piel tostada. Y tenía la nariz rota y hacia un lado, pero era atractivo. Uri siempre sonreía. Decían que reflejaba lo mejor de otras personas en sus dientes blancos y sus labios curvos.
- ¿Y eso te supone un problema?- el Rubio me miró fijamente. Yo suspiré y sin quitarme la capucha de la capa, me volví hacia él- ¿Qué quieres, Uri?- era mi voz cansina- Solo hemos hecho un par de tratos.
- Bueno sí... Pero te veo todos los días. Ya somos.. como camaradas de taberna ¿no?- bromeó
Puse los ojos en blanco y giré mi cuerpo. Cuando comencé a alejarme, Uri me siguió.
- Hay un cargamento en Zona Oeste. En el Puerto de Hoberkhan.
- No me interesa
- Dicen que ha llegado en barcos de madera con alas blancas- insistió.
- ¿Cómo? ¿Alas blancas?
Nos paramos en seco. Él sabía que aquella era una información que me interesaba, pero fingió no darse cuenta, lo que contrajo más mi paciencia. Caminamos en dirección opuesta unos veinte pasos y nos refugiamos bajo unos soportales para que nadie nos oyera. 
Uri el Rubio era un contrabandista de primera. Su problema era que no podía estar en un sitio más de un mes, lo que complicaba flujo de sus mercancías y aunque tenía clientes fieles, estos se veían a cambiar de proveedor durante meses y por lo tanto a comprar a más baja calidad. Ya había tenía ciertos problemas con eso. 
- Dicen que eran enormes y de una madera que relucía al sol. Dicen que eran como los barcos de los Antiguos que surcaban el Cielo. 
Me relajé. Mis músculos se relajaron uno por uno mientras me sobrevenía una ira incontrolada. Era otra maldita falsa alarma. Pero claro, qué iba a saber él. Así que me alejé un pasó y lo miré fijamente, atravesándole, aunque él no podía darse cuenta ya que no me veía la cara. Maldije el efecto. 
- No me interesa.- contesté fría. Me giré y me fui, pero Uri me siguió- No me interesa, Uri.
- ¿Cómo? Buscabas algo grande. ¿¡Qué hay más grande que eso!?
- No me interesa. No es lo que buscaba.- repetí.
Al ver que no podría convencerme, Uri sacó su querido as de la manga:
- Te contrato. Necesito a alguien para asaltar el barco.
- No acepto.
- ¡Pero te estoy contratando! Y necesitas el dinero.
Apreté los puños. Sabía que mi situación económica era de su domino. Tampoco me importara que la gente lo supiera, pero odiaba cuando lo utilizaban en mi contra. Además, todavía no había jugado todas sus cartas.
- He dicho que no me interesa.
- Pensaba que querías comprar un barco...
Ahí estaba. Me paré en seco. Tenía ciertos conocimientos sobre los diversos espías e informadores de Uri el Rubio, pero con lo referente a mi persona, era un misterio la fuente de información. Aunque sabía que el día que encontrara al bastardo, lo mataría. 
Saber de mí es bastante difícil. Vivía en una sucia taberna de Zona Norte, iba siempre con una capa y mis negocios en Iere, bueno, mis negocios eran solo mios. No venía ni por familia, ni amistades, ni el hex. 
- Sabes perfectamente que podría hacer que suplicaras tu  muerte- me giré enfadada, apretando los puños, lo que provocó que el cuero negro de los guantes crujiera. Pero me calmé. Era un buen negocio. O mejor dicho, un negocio.- Cuánto.
- 40%.
- El 60%
Uri me miró incrédulo y soltó una carcajada.
- El 50%. Y puedes ser la primera que inspeccione el barco.
- El 60%. No quiero la mercancía. 
- ¡No puedo darte el 60, joder! ¿¡Estás loca!?
- Entonces no hay trato. 
Comencé a alejarme. Aquel juego ya era un tópico. Tú te alejas del trato, rehusando a aceptar una parte tan baja. Dos minutos después el otro, que es consciente de que te necesita, te llama y se acerca a ti. Finalmente cede.
- ¡Joder! Espera. Está bien. Espero que valga la pena- se pasó una mano por el pelo, lo que hizo que algunos mechones se le escaparan de la coleta y se le formara un bulto en la cabeza que le daba cierto aire infantil- Bueno, ya somos como socios ¿no?- sonrió y me tendió la mano para sellar el trato. Pero yo no le devolví el gesto, si no que me quedé mirándola y al ver que no la estrechaba, la retiró, un poco sin saber donde meterla.
- No somos socios.
- No, si ya veo...
Me alejé y antes de que la gente de la calle principal me engullera, Uri el Rubio gritó: 
- Oye, ¿cómo te llamas?
- Me llamo Alice. 

Si quieres conocer conocer el principio de la  historia, pincha en la etiqueta de Cuentos del Cielo :)

domingo

- Esa noche deseé que el día siguiente se esfumara. Pero no fue así. En vez de eso recuerdo dos grandes e infinitas líneas que representaban dos bandos infinitamente poderosos. Recuerdo que adelanté un poco la cabeza para ver hasta dónde se extendía el dominio del mío y que no pude distinguir a mis amigos que debían situarse los últimos. Recuerdo que pensé que éramos nosotros quiénes limitábamos el cielo... Y que me equivoqué. Cuando los de enfrente comenzaron a acercarse, cuando mis amigos comenzaron a masacrar a mis amigos de bando equivocado, me quedé quieto. Imaginaos, un joven montado en su máquina a punto de comenzar una guerra. Hasta entonces creía no haber tenido miedo de nada. 
Ya he olvidado el nombre de mi copiloto, pero gritó algo, algo que no recuerdo, y comenzamos a volar hacia delante. Comenzamos a matar a mis amigos del bando equivocado, a mis amigos de mi propio bando, a desconocidos, a los que conocía. Ya no éramos piratas del aire, urbanitas o gentes del cielo. Ya no éramos Bob o Carter, sino un amasijo de guerra ¿lo entendéis? Eran mis amigos. Y yo los estaba matando. 
- ¿No te cogieron?
- ¿A mí?- Hueso se rió por lo bajo- Yo no les sirvía para nada. A los únicos que temen son a los valientes y a los locos.

Cada noche en las Tres Damas se reunían seis personas: el tabernero de pelo cano y gran barriga y su mujer, bajita, rechoncha y con bigote, Uri el Rubio, el hijo de los Benssons, Hueso... y yo.

PRÓLOGO

Dormir sin sueño es tumbarse en la hierba de un bosque y dejar que la oscuridad te envuelva. Cuando duermes no escuchas ningún ruido, no oyes las voces, ni siquiera sientes el frío. Cuando duermes todo es exactamente como quieres que sea: inexacto, perpetuamente inexistente. 
La muerte es algo parecido. Solo que a veces no quieres morir, Jace, a veces quieres vivir más que cualquier otra cosa. Pero la oscuridad es demasiado espesa y acabas durmiendo sin sueño en ti mismo.