miércoles

Nos rebatimos a besos cuántos nos queríamos. Nos decíamos cuánto queríamos amarnos con la piel, con los labios...

Éramos dos huérfanos de Amor desnudos cada noche y cada día, dos huérfanos que nada sabían de contar. Éramos el caos onírico que habita en la vida, consumidos por la insólita valentía de carecer de fronteras para conocer el deseo más profundo del otro.
Éramos un río de sudores que fluían por las sábanas que se habían convertido por fin en nuestro hogar. Teníamos el desorden en la palma de la mano; yo te arañaba la espalda los versos que más tarde te escribiría con la lengua; tú  me recitabas lo que tenía que hacer, lo que tenía que sentir, y me abrazabas cuando, cansada, reposaba la pasión sobre tu boca bebedora de almas. Te pintabas el cuerpo de palabras prohibidas que después me encargaba de borrar con los gemidos que resonaban fuerte en las paredes.
Tenía tanto miedo, pero tanto miedo, amor, cuando desfilaban tus dedos por el abismo de mis muslos y recorrías de mí lo que ni siquiera yo sabia que existía, cuando te comías toda la prisa, todas las ganas, toda mi hambruna de ti y me atravesabas la mirada cansada de hablar para decirme que tú me querias por encima del sonido del mundo, que eras el único loco con la suficiente cordura para pedirle a la noche que se alargara.

Y recuerdo como la noche huyó temblando, y como la despidieron nuestros cuerpos enredados de amor, enredados de ganas, aferrados a la nostalgia de tenernos solo un día, el último día antes de que esta puta guerra estallara y tú te largaras al bando que no era. Y recuerdo las cartas y las promesas, y las lágrimas cuando apreció ese maldito capitán para explicar que no estabas,y me regaló un trozo de tela con una bandera que de nada me serviría para decirte adiós y dejar de echarte de menos.
Y recuerdo como fumabas después de fundirnos, y a que sabías tus labios con mis labios; y recuerdo los espasmos de placer y el calor de tu cuerpo, y tus palabras susurradas con lujuria en el borde de mi oído. Y ahora que no estás me duele el corazón que partió la guerra. Porque yo te quiero por encima del sonido del mundo, de las bombas, del propio Amor.

1 comentario:

Jace Lovecraft dijo...

Todo el mundo calla cuando el hueco se hace más grande en el pecho, y en parte es culpa del hambre, que siempre devora lo que no era.

A mi también me gustaría que alguien me quisiera por encima del sonido del mundo.

J.